Argentina firma acuerdo de minerales críticos con EU y abre la puerta a China, dice Quirno
- 9 de febrero, 2026
Argentina decidió moverse rápido en el tablero de los minerales críticos.
Esta semana firmó con Estados Unidos un entendimiento para fortalecer cadenas de suministro y atraer inversión al sector minero. El anuncio llegó desde Washington y se conectó con una conversación más grande, que hoy atraviesa a todo el planeta: quién asegura litio y cobre para la transición energética, y bajo qué reglas compite el capital chino.
El mensaje político, sin embargo, no se quedó en la foto diplomática. El vicecanciller y canciller en funciones para el tema, Pablo Quirno, aclaró que el acuerdo con Estados Unidos no cierra la puerta a China. Dijo que el pacto, en su estado actual, no implica que Beijing quede fuera de las inversiones mineras en Argentina. También recordó que China ya participa en proyectos del país. La frase apunta a un equilibrio que Argentina conoce bien, aunque ahora lo intenta con otra narrativa.
La lectura internacional resulta evidente. Washington busca reducir dependencias en minerales considerados estratégicos. En esa lógica, la Casa Blanca y el Departamento de Estado impulsan marcos bilaterales con países productores y, al mismo tiempo, discuten mecanismos para ordenar el mercado. En el encuentro ministerial de minerales críticos, funcionarios estadounidenses plantearon la idea de coordinar a socios para estabilizar precios y asegurar abastecimiento. Esa discusión todavía no se traduce en un sistema cerrado, pero ya marca el tono. Los minerales críticos dejaron de ser un tema técnico. Hoy son política industrial y seguridad económica.
Argentina entra a ese espacio con un argumento potente. El país forma parte del “triángulo del litio” y concentra salares con recursos relevantes. Además, acumula proyectos de cobre de gran escala, que durante años quedaron en carpeta por falta de condiciones macro, infraestructura y permisos. En paralelo, el gobierno de Javier Milei busca reposicionar al país como receptor de inversión, con promesas de desregulación, apertura comercial y reglas más estables para proyectos intensivos en capital.
El nuevo entendimiento con Estados Unidos se apoya en esa agenda. La cancillería argentina lo presentó como un paso para impulsar exportaciones, empleo e inversión. El texto, según reportes públicos, apunta a facilitar participación de empresas estadounidenses en exploración, extracción y etapas de procesamiento. Eso importa, porque el debate ya no se limita a “sacar mineral”. El valor se disputa en refinación, químicos, cátodos y materiales intermedios. Quien domina esa parte captura márgenes y reduce riesgos logísticos.
Ahí aparece el punto sensible: China. En litio, Beijing construyó una posición fuerte en la última década. No sólo compró participaciones en proyectos. También integró cadenas industriales, financió infraestructura y levantó capacidad de procesamiento. Para Argentina, ese capital llegó cuando pocos miraban el país con apetito. Varias provincias lo saben y, por eso, cuidan el vínculo. Jujuy, Salta y Catamarca aprendieron a negociar con empresas chinas, australianas, canadienses y, en menor medida, estadounidenses. Cambiar esa mezcla de golpe resulta difícil y, en algunos casos, contraproducente.
Por eso la aclaración de Quirno no suena casual. Argentina quiere captar inversión de Estados Unidos sin provocar una reacción en cadena con China, que sigue siendo socio comercial relevante y un actor financiero presente, incluso con instrumentos como el swap de monedas que ayudó a sostener reservas en momentos críticos. La administración Milei, que antes usó un tono duro contra Beijing, adoptó un enfoque más pragmático. En economía real, los dogmas chocan con la caja.
La pregunta que muchos se hacen en el sector minero es directa: ¿qué gana Argentina con el acuerdo, más allá del titular? La respuesta depende de la implementación. Si el marco abre canales para financiamiento, tecnología, compras a largo plazo y apoyo a infraestructura, el beneficio puede ser tangible. El país enfrenta costos logísticos altos y un déficit de energía e infraestructura en zonas cordilleranas. Sin rutas, líneas eléctricas y permisos ágiles, los proyectos se retrasan. Eso también explica por qué el cobre argentino, pese a su potencial, todavía no despega al ritmo de Chile o Perú.
En litio, el desafío cambió de forma. Ya no basta con aumentar toneladas. El mercado se volvió más competitivo y sensible a precios. A la vez, los compradores piden trazabilidad y estándares ambientales más estrictos. Argentina puede jugar una carta positiva si alinea normas claras, fiscalización efectiva y acuerdos con comunidades. La minería moderna exige licencia social, y esa licencia se construye con transparencia, agua bien gestionada y beneficios locales visibles. Cuando el Estado falla, el conflicto crece y el riesgo país se mete en la evaluación financiera.
En este contexto, la inversión china y la estadounidense no siempre compiten de manera frontal. A veces se complementan. China aporta músculo industrial y capacidad de ejecución. Estados Unidos aporta demanda, tecnología, y una agenda de estándares y financiamiento con organismos y bancos aliados. Para Argentina, la oportunidad consiste en diseñar reglas que obliguen a todos a elevar prácticas, sin discriminar por bandera. El punto no es elegir un “ganador” geopolítico. El punto es capturar valor local, aumentar empleo formal y mejorar infraestructura, con contratos exigentes y supervisión real.
También conviene mirar el ángulo regional. México observa con atención este tipo de acuerdos, porque Norteamérica discute cadenas de suministro más cercanas para industrias como autos eléctricos y almacenamiento. Si Argentina logra insertarse como proveedor confiable de litio y cobre, puede ampliar su peso en negociaciones comerciales y atraer plantas de materiales intermedios. Eso no ocurre por decreto. Requiere estabilidad cambiaria, seguridad jurídica y un esquema fiscal competitivo. Requiere, además, coordinación con provincias, que en Argentina controlan los recursos mineros.
El debate se cruza con otra decisión: cómo impulsa el país el procesamiento local. La presión por agregar valor crece, pero el camino no resulta sencillo. Procesar litio o cobre exige energía competitiva, agua, químicos, puertos eficientes y escala. Si Argentina promete más de lo que puede sostener, termina espantando inversión. Si no promete nada, se queda sólo con la extracción. El punto medio exige proyectos realistas, incentivos bien calibrados y asociaciones con proveedores que instalen capacidades graduales.
A nivel doméstico, el gobierno ya empuja un régimen para grandes inversiones, con beneficios para proyectos de escala. Ese instrumento busca acelerar decisiones finales de inversión y reducir incertidumbre. La experiencia reciente muestra que el Estado también puede frenar proyectos cuando no cumplen requisitos. Ese mensaje importa para el mercado, porque sugiere un filtro mínimo. El reto consiste en mantenerlo técnico y predecible, sin arbitrariedad.
A mi juicio, el mayor riesgo no viene de China ni de Estados Unidos. Viene de la volatilidad argentina. Si el país cambia reglas cada dos años, ningún memorando salva el flujo de capital. En minería, los plazos se miden en décadas. Cuando la política se impacienta, el capital se va a jurisdicciones más estables. Por eso el acuerdo con Washington puede funcionar como ancla reputacional, siempre que Argentina respete contratos, mejore permisos y fortalezca instituciones ambientales.
La otra cara del debate es la oportunidad. Argentina reportó exportaciones mineras relevantes en 2025 y el sector todavía tiene margen para crecer. Litio y cobre pueden aportar divisas, empleo en regiones alejadas y desarrollo de proveedores. En el norte argentino, muchas comunidades ya se conectan a la economía formal gracias a servicios mineros, transporte, hotelería y mantenimiento. Ese derrame no resuelve todo, pero cambia la realidad local cuando se administra bien.
Quirno eligió una frase que intenta bajar tensión: acuerdo con Estados Unidos, puertas abiertas para China. En un mundo que se fragmenta, esa postura busca autonomía. Argentina apuesta por negociar con todos, atraer capital y subir su producción. El mercado, por ahora, le pide algo menos discursivo y más concreto: permisos más rápidos, infraestructura y reglas que duren. Si el país cumple, el litio y el cobre pueden convertirse en una palanca seria de desarrollo, con beneficios que van más allá del mineral.
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